Las Plumas del Tecolote

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ESTATAL

Aquellas historias en la calle de los Arquitos de Xochimilco 

Humberto TORRES R. 

Escenario de históricas cascaritas de niños y jovenes que todas las tardes salían a jugar, donde una piedra y un poste de alumbrado hacían las veces de porterías, el empedrado de la calle Rufino Tamayo, con sus arcos de verde cantera, aderezados de ladrillos, es mudo testigo de un tiempo que jamás volverá.

A diferencia de lo que sucedía en los años 60 y 70, donde decenas de niños y niñas  invadían la calle para jugar, divertirse o tan solo platicar, hoy la calle luce totalmente transformada, con nuevas construcciones y otros inquilinos. 

Ya no más las tiendas que hicieron época: la de don Enrique, atento y diligente que contaba con el apoyo de sus hijos, Alfredo y Rodrigo. De doña Natalia, a quien acudían a comprar sus famosos “chiles pasilla en vinagre”. 

También una pequeña tienda atendida por la “Señorita”, que ofrecía pequeñas galletas que ella misma elaboraba. Com también la de doña Manuela, donde lo mismo se expendía petróleo que velas y veladoras. 

Hoy aquel bullicio es un vago recuerdo de quienes vivieron en esa populosa calle, convertida actualmente en sintió exclusivo para residentes extranjeros, galerías de arte y diseño, que poco a poco a han transformado la fisonomía donde empieza el barrio de Xochimilco.

Este sector de la capital del estado, resiente el fenómeno de la gentrificación que ha cobrado fuerza en los últimos años, transformando de manera acelerada la vida cotidiana de esta comunidad, donde desde hace mucho de aparecer los puestos de fritangas que por las noches eran socorridos por los vecinos, 

El acueducto testigo mudo de historias de quienes habitaron en esa calle, la última de García Vigil a quien impusieron el nombre del pintor Rufino Tamayo, fue sin duda 

un espacio de convivencia intergeneracional, donde predominó el tejido social construido a lo largo de décadas. 

Sin embargo, la llegada creciente de inversión inmobiliaria, el turismo internacional y la migración de personas con mayor poder adquisitivo han modificado el entorno físico como la dinámica social del barrio.

Los antiguos inmuebles, donde vivieron familias durante décadas, muchas veces en abandono o deterioro por falta de recursos, están siendo comprados, remodelados y convertidos en hoteles boutique, cafés, galerías y residencias de corto plazo destinadas al alquiler a través de plataformas digitales.

Este proceso eleva el valor del suelo, encarece los servicios y empuja a las familias locales a migrar hacia otras zonas de la ciudad, donde el costo de vida aún es accesible. 

La cultura barrial se ve entonces desplazada, reemplazada por una estética y una lógica de consumo pensada para visitantes, no para habitantes. Los nuevos residentes, aunque muchos tienen interés por la cultura oaxaqueña, no siempre se integran a la vida comunitaria.